Durante la pandemia, un amigo que no suele involucrarse en política salió a marchar por su derecho a trabajar. Su actividad económica, salón de juegos infantiles, había sido restringida por implicar aglomeramiento de personas. En ese momento, mi realidad era totalmente diferente, dado que podía trabajar sin problemas desde la virtualidad. Sin embargo, aunque comprendía las restricciones por cuestiones de salud pública, empaticé con su derecho a la protesta.
Años después, me encontré en las redes un posteo de ese mismo amigo quejándose por quienes salían a protestar por un salario digno, por la posibilidad de acceder a derechos básicos, o por defender la educación pública. No pude evitar pensar en la contradicción humana: empatizar con quienes son similares a uno; ignorar o juzgar a quienes enfrentan desafíos diferentes. Que hermosa la palabra «libertad» y tan vilipendiada últimamente.
Esta paradoja me llevó a preguntarme sobre la aparente incompatibilidad de estos valores fundamentales: Libertad e igualdad. Si tuvieses que clasificarlos, ¿cuál de ellos pondrías en primer lugar?
Mi respuesta automática fue «libertad». La capacidad y facultad natural del ser humano para actuar, pensar y decidir según su propia voluntad. Me sentí cómodo con esa respuesta, hasta que accedí a los experimentos realizados por Milton Rokeach, psicólogo social estadounidense, en la década de los 60. Su tesis era provocadora: ¿Será que si valoramos a la libertad más que a la igualdad, entonces nos importa más nuestra libertad que la de los demás?
Rokeach le pidió a estudiantes blancos que clasificaran una lista de 18 valores. Luego les mostró que la mayoría había situado la «libertad» por encima de la «igualdad». Para provocar sensación de incoherencia interna, les dijo que esto reflejaba que les importaba mucho más su libertad que la de los demás. También les planteó la idea de que estar a favor de los derechos civiles era estar a favor de su propia libertad y de la de los demás.
El resultado fue revelador: meses después, los estudiantes que enfrentaron esa contradicción eran más propensos a inscribirse en un curso de estudios étnicos. Más de un año después mostraban más apoyo a la lucha por los derechos civiles de las personas negras en USA.
El sentido común de nuestra época nos dice que: «Si obtengo mi libertad individual, luego podré contribuir a la de los demás». Esto se encuentra en línea con la ficción individualista que predomina en la cultura occidental. Pero en realidad, como demuestra Rokeach, solemos priorizar nuestra propia libertad por encima de la de los demás. El resultado es una competencia por obtener una pisca de libertad en un mundo opresor y profundamente desigual.
¿Qué tal si comenzamos por la igualdad primero?
No quiere decir que esto implica que todas las personas deberían ser idénticas, ni que se debería restringir la libertad en nombre del colectivo. Se trata de entender que sin igualdad material y de estatus, la libertad es solo un privilegio para pocos, y en este escenario, no hay paz sustentable. Todas las personas aman la libertad, pero para realmente conseguirla, debemos asegurarnos que todas las personas tengan acceso a la misma. La igualdad es el camino a la libertad.
«Si crees que amas la libertad, pero no te importa si se aplica a todos, lo que en realidad amas es el PRIVILEGIO» – Anónimo
Y tú, ¿has sentido alguna vez esa contradicción? ¿Priorizas tu libertad o te aseguras de que la de los demás esté protegida? Te leo en comentarios.
Por Marcelo Baudino
Experto en Diversidad, Equidad e Inclusión
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