Siempre odié las respuestas del tipo «sí y no». Pero hace unos meses, danzando con desconocidos en un taller de expresión corporal, entendí por qué a la pregunta de si el cuerpo tiene identidad, no hay otra respuesta posible. Antes de abandonar el artículo, permíteme justificarme.
El taller se llamaba: «Los movimientos del deseo, experiencias de cuerpo, palabra y danza, en el arte del encuentro», y lo había organizado una colega argentina en su paso por Barcelona. Mientras me encontraba en las miradas de mis compañeros/as de baile, la pregunta surgió en mi cabeza: ¿Y si en realidad el cuerpo es libre de categorías sociales?
Sí, el cuerpo tiene identidad
Mi primera respuesta, la intelectual, la que proviene de mi experiencia como consultor experimentado en DEI, fue un tajante sí, los cuerpos tienen identidad. Los argumentos que sostienen esta respuesta son contundentes. Comencemos con lo más obvio: la genitalidad. Tan pronto nacemos se nos asigna un sexo de acuerdo a la presencia de una vulva o un pene, y el resto es pura construcción. La sociedad tiene definida una serie de roles y responsabilidades para cada cuerpo (el famoso género). ¿Cómo no van a desarrollar identidades condicionadas por el género cuando las oportunidades y barreras que enfrentarán en el mundo serán diferentes y desiguales?
Pero eso es solo el comienzo. El cuerpo tiene un color de piel, y aunque esto no debería ser más que un detalle fenotípico, de él se derivan distintas connotaciones sociales, cargadas de estigmas y privilegios (racismo y colorismo). Luego podemos hablar de tamaños y formas de los cuerpos. Los hay delgados, gordos, grandes, pequeños, lastimados, amputados, imposibilitados, y un largo etcétera. Cada uno de ellos será juzgado de acuerdo a unos estándares de belleza arbitrarios y rigurosamente definidos. La experiencia de vida será muy distinta mientras más se acerquen o alejen de estos. Y por supuesto, ¡los cuerpos envejecen!, y su valor percibido en la sociedad van disminuyendo.
Para resumir, una importante parte de lo que somos se encuentra teñida por los estereotipos y prejuicios que enfrentan nuestros cuerpos en esta sociedad. Molden nuestra identidad. Es tan cierto esto que parece que el tema está zanjado y no hay mucho más que sumar al debate. Pero entonces vino la danza, y con ella un «no» que no niega lo anterior, sino que lo pone entre paréntesis.
No, el cuerpo no tiene identidad
Aquella noche en el taller de biodanza, el profesor ubicó varias telas de distintos colores y elegantes tramas sobre el salón. La pauta de la dinámica consistía en escoger la tela que más nos convocara y comenzar a «jugar» con ella libremente, inspirados por el ritmo de la música. Si nos encontrábamos con algún otro participante, solo teníamos que reconocerlo con la mirada, y si lo deseábamos, comunicarnos a través de los cuerpos en movimiento. En un comienzo cada cual fue soltándose de a poco, improvisando movimientos con las telas, circulando aleatoriamente por el salón. Pero no tardamos en comenzar a conectarnos unos/as con los otros/as hasta crear una coreografía delirante y fantástica entre los diez participantes, como si lo hubiésemos ensayado durante meses. Fue hermoso.
En el momento de reflexión grupal previa a la siguiente dinámica, alguien compartió que en un momento sintió que «había dejado de ser él mismo», algo así como si hubiese perdido su identidad: no fue el hombre, adulto mayor, blanco, catalán, abogado jubilado, padre de tres, abuelo de uno y heterosexual que se suponía que era. El resto expresó algo similar. Habíamos logrado trascender las convenciones sociales que nos obligan a etiquetarnos en categorías rígidas, para solo ser cuerpos expresándose individualmente primero, colectivamente después. De repente, el encuentro con el otro, cuando nos despojábamos de identidades sociales cargadas de mandatos y estigmas, fluía con armonía y naturalidad. Se sentía como si debajo de todas esas capas, se encontraba nuestra verdadera esencia. Éramos cuerpos humanos libres de identidad.
Entonces, ¿realmente dejamos de tener identidad? No, pero logramos dejarlas de lado, aunque sea por un rato, y esto casi que cuenta como no tenerla. Creamos un espacio seguro donde las categorías identitarias impuestas por la sociedad y la cultura, no tenían nada que hacer, no servían como pautas de relacionamiento, porque el protagonista era el cuerpo humano, y todos teníamos uno. Un espacio libre de privilegios, ergo, de desigualdades. En ese salón, además de contagiarnos de la energía del movimiento, nos conectamos con la humanidad de las demás personas, y de allí emergió una creatividad producto de la libertad. No había condicionamientos de los estereotipos sociales.
Los cuerpos y el ámbito laboral
¿Es posible trasladar esta experiencia al ámbito laboral? Sí y no (¡perdón!).
Lo cierto es que llegamos a nuestro trabajo con nuestra identidad a cuesta y los sesgos inconscientes son implacables a la hora de distribuir oportunidades y obstáculos. A veces nos encontramos con personas con intereses y prioridades muy distintas a las propias, y ocasiones hasta contrapuestas. Subestimar a la identidad cuando existe una identidad normalizada y privilegiada, solo sostendrán las desigualdades e injusticias. Al mismo tiempo, es fundamental promover un espacio laboral seguro e inclusivo, donde las personas puedan expresarse tal y como son, es decir, mostrarse auténticas. Esto nos exige poner a la diversidad sobre la mesa, aprender sobre ella, y naturalizarla. Encontrar a la persona detrás del estereotipo, y celebrar la identidad de cada persona. En la práctica, esto significa tres cosas concretas: (1) nombrar los sesgos en selección y promoción, no como acusación sino como auditoría; (2) crear rituales de expresión donde la autenticidad no sea un riesgo; (3) medir la inclusión no por la presencia de cuerpos diversos, sino por la distribución real de oportunidades entre esos cuerpos.
Porque a la identidad no necesariamente la define el cuerpo, sino las circunstancias sociales que normalizan lo que está bien y lo que está mal en esos cuerpos. Y para llegar hasta el cuerpo, necesitamos deconstruir lo que la sociedad normalizó.
¿Qué piensas tú? ¿Qué tanto se permite a los cuerpos expresarse libremente en el trabajo y qué tanto se encuentran condicionados por los estereotipos sociales?
Por Marcelo Baudino
Experto en Diversidad, Equidad e Inclusión
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