¿Todas las personas que discriminan, lo hacen de la misma manera? Si yo soy discriminado, ¿puedo igual discriminar? Y si no enfrento discriminación, ¿por qué me interesaría incluir? Vamos a diseccionar dos puntos centrales en esta confusión:
- Mi compromiso con la inclusión: ¿excluyo, no excluyo o incluyo?
- La posición estructural: ¿De qué lado me encuentro respecto a las desigualdades sociales?
Dimensión uno: Compromiso con la inclusión – De discriminar a incluir
Esta dimensión es la única que demanda un posicionamiento personal respecto a nuestros vínculos con aquellas personas diferentes a uno/a mismo/a: Discriminar, pasividad, o transitar un camino sinuoso hacia la inclusión.
La primera fase en esta dimensión es la discriminación activa. De más está decir que discriminar está mal, por más que algunos cínicos hagan sus malabares dialécticos para intentar justificar la exclusión. Todavía sigue habiendo un consenso generalizado de que discriminar negativamente a una persona en base a su identidad (género, orientación sexual, edad, color de piel, raza, creencias religiosas, etc.) es algo perverso, condenable y punible. Si estás leyendo este artículo posiblemente no te ubiques en este cuadrante, pero debo advertirte que el siguiente paso no es la inclusión, como nos gustaría que fuese, sino un estadio intermedio.
No desear excluir intencionalmente, no implica una inclusión automática, ya que, en la mayoría de los casos, lo seguiremos haciendo a través de nuestros sesgos inconscientes. Lamentablemente no podemos escoger no tener sesgos dado que se trata de una característica puramente humana. Para resumir, por más que no excluyamos, al haber crecido en una sociedad repleta de prejuicios, estereotipos y desigualdades, muy posiblemente los sigamos reproduciendo de manera pasiva, y si bien no podemos deshacernos completamente de los sesgos, podemos asumir un compromiso por desarrollar las actitudes y comportamientos que nos permitan incluir activamente. Esto implica trabajo, y la decisión radica en «transitar ese camino» a través de hechos y acciones. Las razones para embarcarse en la inclusión sobran, aunque la más poderosa, de mi punto de vista, es que todas las personas ganamos cuando se promueve un espacio de convivencia donde el acceso a oportunidades sea el mismo para todos, y las personas pueden expresarse y mostrarse tal cual son (sin que eso implique atacar a otras identidades, claro está).
Por lo tanto, esta dimensión presenta un continuo de tres fases que podemos escoger no solo por cuestiones morales (incluir es lo moralmente correcto), sino también por cuestiones utilitarias (discriminar genera costos para la sociedad, las empresas, las personas, etc.). Sin embargo, es vital comprender esa fase intermedia entre la exclusión activa y la inclusión activa, que denominaremos exclusión pasiva.
Dimensión dos: Posición estructural – De enfrentar desigualdades a tener privilegios
A diferencia de la primera, en esta dimensión no tenemos la posibilidad de escoger. Porque existen muchas personas que enfrentan a desigualdades estructurales que se sostienen de manera sistémica y cultural, e impiden el pleno acceso a sus derechos. En otras palabras, que sufren discriminación solo por ser quienes son. Ahora bien, yo sé que todas las personas hemos sufrido alguna vez algún tipo de discriminación. Sin embargo, no estamos hablando de aquellos hechos fortuitos o aislados que responden a una circunstancia individual, sino más bien a las barreras estructurales que enfrentan determinadas identidades: mujeres, personas del colectivo LGBTIQ+, personas adultas mayores, personas con discapacidad, personas racializadas. A estas personas las llamaremos «externos»”, simplemente porque no encajan con las expectativas de una identidad sujeta a derechos.
Por otro lado, nos encontramos a aquellas personas que gozan de ventajas no ganadas, es decir, privilegios, solo por haber nacido con determinadas características identitarias y contextuales que los ubican dentro de una lógica inclusiva. Los llamaremos «internos». Vuelvo a reforzar en el mismo punto: no es que estas personas nunca hayan sido discriminadas en sus vidas, sino simplemente que no enfrentan barreras estructurales para acceder plenamente a sus derechos.
A la hora de clasificarse en el continuo, es vital tener en cuenta una sumatoria de aspectos de la diversidad, es decir, hacerlo con una perspectiva interseccional. ¿Quién es más un externo, una mujer blanca pobre sin discapacidad o un hombre de clase alta con discapacidad motriz? Si tomamos una sola dimensión, es fácil ubicar a una mujer como externa y a un hombre como interno, pero cuando incluimos una mirada interseccional, la clasificación no siempre es tan axiomática. Para explorar este punto, te recomiendo probar nuestra herramienta de autoevaluación de privilegios.
Si cruzamos ambas dimensiones, se conforman seis cuadrantes. ¡Vamos a explorarlos!
Cuadrante A1: Estratificación – Externos que excluyen activamente.
Ser un externo no implica que automáticamente serás consciente de las desigualdades estructurales y te interesará construir un mundo en el que todas las personas como tú, tengan acceso a las mismas oportunidades que el resto. En muchas ocasiones, como parte de un sistema que promueve el individualismo a ultranza, el interés radicará en “salvarse a sí a mismo/a” y alinearse a los mandatos y discursos de los privilegios lo máximo posible. Una mujer no es feminista solo por ser mujer, como una persona negra no es anti racista solo por su color de piel. Algunas mujeres que llegan a puestos de liderazgo, por ejemplo, terminan dinamitando el acceso a otras mujeres a posiciones similares. O inmigrantes que exigen trabas más fuertes a la inmigración de ciertas nacionalidades. O las personas homosexuales que no aceptan a las personas trans en el movimiento por la diversidad sexual.
Cuadrante A2: Asimilación – Externos que excluyen pasivamente.
Enfrentar barreras estructurales puede ser realmente agotador. Muchos externos desean «pasar desapercibidos» en aquellos temas que generan incomodidad, y sencillamente no involucrarse. Mujeres que cuando llegan a posiciones de poder, por ejemplo, se masculinizan para asimilarse a un estilo hegemónico de ejercer el liderazgo. O una mujer que dice que prefiere trabajar con hombres porque las mujeres son complicadas. Sin embargo, aceptar o ignorar las barreras adicionales para no tener que luchar contra ellas, no las elimina, y contribuye a sostener las desigualdades. Obviamente no podemos exigirles a los externos que se involucren activamente por la inclusión cuando ya de por sí se encuentran enfrentando desigualdades. No ser feminista no discrimina activamente a las mujeres, pero facilita que las dinámicas que contribuyen a las desigualdades de género, se perpetúen.
Cuadrante A3: Activismo – Externos que incluyen activamente.
Sin embargo, una importante parte de los externos suelen ser conscientes de los obstáculos injustos que enfrentan solo por su identidad. La inclusión exige movimiento, acción, conversación y debate para salir de un sentido común que lleva a sostener las desigualdades e injusticias. Las luchas por los derechos suelen ser impulsadas justamente por quienes no tienen pleno acceso a ellos:
- Mujeres que luchan por un mundo libre de violencia de género, femicidios, acoso sexual, etc.
- La marcha del orgullo que busca promover una mayor aceptación de la diversidad sexual.
- La lucha de las personas con discapacidad para lograr una mayor accesibilidad física y cultural a las oportunidades productivas del país.
- Las manifestaciones de las poblaciones indígenas y racializadas por ser visibilizadas y tener acceso al derecho a vivir en base a sus costumbres.
Cuadrante B1: Opresión – Internos que excluyen activamente
El privilegio de los internos radica en que se encuentran del «lado beneficiado de la ecuación», en un mundo desigual. No voy a escatimar en adjetivos para calificar a quienes se encuentren en este cuadrante. Solo piénsalo: si además de haber nacido en una posición o con una identidad que ofrece ventajas no ganadas, y aun así desean utilizarlas intencionalmente para asegurarse que quienes no las tienen continúen sin tenerlas, entonces es cruel y déspota. Estas personas son indiferentes (o se regocijan) cuando bombardean a una ciudad, o cuando una mujer es abusada, o una persona trans asesinada. Sé que poco de lo que escriba y promueva aquí podría hacerles cambiar de opinión, solo me parece importante que nos seamos ese tipo de persona, y nos alejemos lo más posible de su ser.
Cuadrante B2: Statu Quo – Internos que excluyen pasivamente
¿Somos malas personas si excluimos por omisión? ¿Cuál es el peso moral de no excluir activamente, pero tampoco incluir? Este es el cuadrante incómodo para los internos, porque, aunque no excluyan intencionalmente, habitan y reproducen inconscientemente un sentido común desigual, injusto y excluyente. Está claro que no discriminar no es lo mismo que incluir; entre medio se encuentra una zona gris, segura de a ratos, que nos tienta a utilizar nuestros privilegios justamente para no involucrarnos. En esta fase no tenemos urgencias en promover un cambio cuando no nos enfrentamos cotidianamente con las desigualdades estructurales. Entonces, más allá de nuestras intenciones, actuamos inconscientemente para sostener los privilegios que nos ofrecen una ventaja no ganada en el sistema. Si escucho un comentario machista, sexista o racista, y no digo nada, las consecuencias para mí a título personal, cuando soy un interno, es prácticamente nula. Es aliviador sentir que nosotros no somos ese que hizo el comentario, y hasta allí llega nuestro compromiso. No somos parte de la solución, y aunque no generemos el problema directamente, contribuimos a sostenerlo con nuestra pasividad. Reconocer esto no es un juicio moral sobre ti como persona, sino una invitación a notar cómo el sistema opera a través de nuestra inacción.
Cuadrante B3: Aliado – Internos que incluyen activamente
Un interno solo puedo incluir luego de haber reconocido sus privilegios, y asumido su cuota de responsabilidad (no culpa, la culpa no nos sirve para la acción, nos ancla en el pasado y nos pone a la defensiva) en promover un mundo más justo, igualitario e inclusivo. Este es el primer paso para iniciar lo que llamamos «El Camino del Aliado», una serie de acciones y compromisos para promover activamente la inclusión. Las personas que transitan el camino del aliado tienen el poder de crear una cultura de aceptación y de inspirar a otras personas (otros internos) a que actúen como agentes de cambio. Además, utilizan sus privilegios para deconstruir estas estructuras desiguales mientras se construyen nuevas y más justas.

Es evidente que las necesidades de formación de cada cuadrante serán específicas de acuerdo a las identidades y la predisposición a incluir. ¿En cuál cuadrante te encuentras tú? ¿Y tu organización?
Por Marcelo Baudino
Experto en Diversidad, Equidad e Inclusión
Linkedin: https://ar.linkedin.com/in/marcelobaudino


