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Las dos caras de los hombres

Shhh… que ahí viene Laura.

De repente, el grupo de varones cambió rápidamente de tema de conversación ante la llegada de su compañera. Laura no se enteró de qué estaban hablando sus colegas, pero sí supo que, en un instante, asumieron un nuevo papel. Como si se hubiesen puesto una máscara. Sabía que estarían esperando que se vaya para retomar la conversación que tan compenetrados los tenía, y a la cual consideraban que Laura no podía ser parte. La estaban excluyendo, por más que ninguno de ellos osaría aceptarlo.

¿Quiénes somos verdaderamente los hombres? ¿Los que sostenemos y promovemos todo tipo de comentarios sexistas cuando estamos entre hombres, o los que nos comportamos caballerosamente ante las mujeres? Ambas caras parecen perjudicar de alguna manera a las mujeres. ¿Pero a los varones? ¿Cuál de estas dos versiones es más sana para nosotros, si es que alguna lo es? Si me permiten, voy a intentar responder a este dilema a través de una anécdota de mi juventud.

En esa época me costaba mucho imaginarme a Andrés llorando. Simplemente porque se trataba de él, y él era el más «hombre» de todos nosotros. Por supuesto, mucho menos llorando delante de una mujer. En mi juventud, aún no había aprendido a conectar a su incapacidad de llorar con una masculinidad que nos penaliza de las peores maneras tan solo por expresar emociones más allá del enojo.

Resulta que esa mujer era una de mis mejores amigas, y bueno, a mi me contaba cosas. Recuerdo que cuando comenzó a salir con él, tuve emociones encontradas. Por un lado, ambos eran buenos amigos y se sentía «natural» verlos juntos, acaramelados, compartiendo un mismo grupo. Por otro lado, sabía que no había posibilidad de un desenlace feliz, especialmente para ella, pues conocía el prontuario de mi amigo con las mujeres. Y por supuesto, conocía el «detrás de escena» de sus conquistas con sus consiguientes abandonos. De hecho, era una de las principales razones que hacían de mi amigo uno de los más populares del grupo. Atractivo, gracioso, carismático. «El hombre deseado» por las mujeres, una gran tentación que las llevaba a ansiar sus besos a cualquier costo. Los varones sólo nos limitábamos a recoger sus «sobras». Qué concepción triste y vacía de una relación sentimental…

Como había anticipado, la relación no duró y en ese «detrás de escena», nos contó que ya se había cansado, que ella era una cualquiera, y que simplemente no valía la pena. Todo el relato, por supuesto, fue condimentado, interrumpido por risas y exagerado hasta lo absurdo. No estábamos allí por la verdad, sino más bien para reafirmar un modelo de masculinidad.

Mi amistad con ella no salió indemne. Un imperceptible pacto de caballeros me llevaba a cuidar la espalda de quién podría ser yo (o quién aspiraba a ser yo, quién sabe). Traté de evitar tocar el tema, aunque eso implicara evitarla un poco a ella también. Pero éramos amigos, y no quería perderme la posibilidad de «paternarla»: «¿Viste?… te dije que no te convenía».  En mi imaginario construido socialmente, él tenía que ser el fuerte. Mi amiga; la pobrecita, la desamparada. A mí, entonces, me correspondía cuidarla a ella. Qué sensación absurda del «héroe protector»: cuidar a las mujeres de los hombres. ¿Quiénes habrán cuidado a otras mujeres de mí?

Pero fue al revés. Era Andrés quién encontraba en sus brazos algo que nosotros, sus amigos varones, no podíamos ofrecerle: la posibilidad de mostrarse vulnerable. Ella, en cambio, lo conocía sin disfraces. Nosotros solo contábamos con una carcasa, vacía y falsa. Qué ironía admirar a alguien que no era quién creíamos y, por sobre todo, que nunca elegiríamos ser si fuésemos libres de mandatos de masculinidad. Mi amiga sólo tenía la posibilidad de «maternarlo», por eso lo dejó. Quería un novio, no un hijo. Él era un niño herido cuando estaba con ella, y la ilusión de hombre cuando estaba con nosotros.

Así hemos crecido muchos de nosotros, y aunque pensemos que ya hemos desarrollado nuevas miradas sobre nuestros vínculos con las mujeres, continuamos reproduciendo estereotipos, en el trabajo y en nuestra vida personal. El maldito género. Cuando pienses que la equidad de género es sólo para las mujeres, no te olvides de esta anécdota. Dentro de muchísimos hombres, inclusos los más exitosos de aquellas grandes empresas, se encuentra un niño ansioso de contención sin la capacidad de pedir ayuda. Es hora que elijamos (o impulsemos) la cara sana de nuestra masculinidad.

¿Y tú? ¿Cuál cara de la masculinidad llevas al trabajo?

Marcelo BaudinoPor Marcelo Baudino
Experto en Diversidad, Equidad e Inclusión
Linkedin: https://ar.linkedin.com/in/marcelobaudino

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