Nacemos, respiramos y ¿excluimos a personas diversas? ¿Se encuentra la exclusión grabada en nuestros genes y nuestro deber es intentar “domarla”? ¿O nos tenemos que resignar a la exclusión?
A menos que nazcamos neutrales respecto a la diversidad de las personas, ¿y sea la sociedad la que nos enseña a excluir?
La tentación de separar la biología del aprendizaje, como si aprender no estuviese en nuestro ADN, es central en el foco de la educación en cuestiones de diversidad, equidad e inclusión. Vamos a intentar desgranar esta gran paradoja que un poco define el tipo de abordaje en la promoción de una sociedad más justa e inclusiva: ¿somos seres peligrosos a domesticar a través de la educación, o somos seres pacíficos que educamos (consciente o inconscientemente) para excluir?
Nadie nace racista
Comencemos con lo que sí sabemos: Las personas no nacen racistas, machistas, homofóbicas, capacitistas ni clasistas. Sin embargo, a los 4 años ya son conscientes de las categorías sociales, y a los 6-7 años ya han aprendido los estereotipos de su cultura, muchas veces de forma implícita. Por lo tanto, cuando gran parte de la población comparte estos comportamientos excluyentes, no se trata de un hecho aislado, sino más bien un proceso de educación sistémico hacia ese camino. Desde nuestra más temprana infancia nos exponemos con ciertos patrones ya arraigados, donde los prejuicios abundan y la desigualdad es la norma. No importa que en nuestro caso nunca hayamos educado a nuestro hijo varón para que se sienta superior a las mujeres, por ejemplo. El niño aprende a través de la observación, los estímulos inconscientes y rápidamente incorpora lo que la sociedad tiene normalizado (El patriarcado en este caso). Las personas deben “hacerse una vida” en ese contexto, y pronto aprenden de los privilegios y obstáculos repartidos arbitrariamente en base a su identidad. Aprenden, normalizan y reproducen esas mismas desigualdades. Esto se conoce en psicología social como sesgo inconsciente. No es un pecado moral, es un fallo en el ‘software’ de procesamiento social que podemos actualizar con conciencia y educación.
De la tribu venimos (y con miedo)
Ahora bien, hay una realidad evolutiva que también es preciso sopesar en nuestras conclusiones a la hora de abordar un programa de formación. Durante gran parte del proceso evolutivo, los seres humanos fueron nómades organizados en tribus relativamente pequeñas. En estas circunstancias, donde la supervivencia se debatía día a día, cualquier ser que no perteneciese a la tribu, representaba una amenaza. Las opciones se reducían a dos: huir o luchar. En otras palabras, lo diferente, lo que no pertenecía al grupo primario, provocaba miedo. El miedo era vital para la supervivencia. Esta reacción instintiva hacia lo diferente todavía existe en nuestra programación genética. No excluimos por “maldad”, sino por un mecanismo de supervivencia. Nuestro punto de partida a la diferencia es el miedo.
La exclusión no es aleatoria
Bajo este parámetro podríamos decir que los seres humanos entonces excluyen a la diversidad por pura naturaleza biológica. Está claro que ese miedo no es conducente ni necesario en la vida moderna en la mayoría de las sociedades de la actualidad. Sin embargo, perdura. Ahora bien, explicado este punto, no es exactamente lo que ocurre en la sociedad, porque si así fuese, todas las personas sufrirían exclusión en igual manera. La realidad es que los prejuicios se encuentran claramente direccionados hacia determinados grupos identitarios: mujeres, personas LGBTIQ+, personas racializadas, personas adultas mayores, personas con discapacidad. Es como si el miedo instintivo hacia la diferencia haya sido direccionado deliberadamente hacia determinados grupos. La educación vence a la biología, aunque en ese caso no haya hecho más que sostener las mismas desigualdades de siempre. No ha habido una distribución igualitaria de ese miedo.
La naturaleza nos dio un sistema de alarma (amígdala) para protegernos de lo desconocido, pero la cultura nos da el manual de instrucciones que nos dice cuándo y contra quién encender esa alarma. La educación, bien aplicada, no solo reprime la biología, sino que puede reconfigurarla. La evidencia es clara: el contacto positivo y la educación explícita reducen el miedo y desmantelan los privilegios.
¿Qué piensas tú? ¿Somos “naturalmente” incluyentes o excluyentes?
Por Marcelo Baudino
Experto en Diversidad, Equidad e Inclusión
Linkedin: https://ar.linkedin.com/in/marcelobaudino


