Piénsalo un momento: ¿qué emoción te suele provocar la desigualdad cuando la sufren personas diferentes a ti?
Sabemos que toda acción, cuando es voluntaria, debe ser precedida por una emoción que la dispare. Que una persona se involucre o no por la inclusión, depende, en gran medida, de las emociones que les provoque la desigualdad. En este caso puntual, me refiero a la desigualdad cuándo es enfrentada por personas diferentes a ti o tu identidad, porque cuando las enfrentas tú, o personas como tú, seguramente te movilice. ¿Me equivoco?
El hijo de un gran amigo mío tiene vitíligo, es una enfermedad autoinmune crónica que causa la pérdida de color en la piel mediante la aparición de manchas blancas. La sufre apenas el 1,5% de la población. Antes del nacimiento de su hijo, ni siquiera sabía de la existencia de esta enfermedad. Ahora publica puntualmente en el Día Mundial del Vitíligo (25 de junio), la efeméride para concientizar sobre las barreras que enfrentan estas personas. Los prejuicios que afectan a las personas con vitíligo lo enfurecen. Supongo entonces que a muchas personas les resulta indiferente la desigualdad, como si fuese un tema de azar en el que algunas resultaron beneficiados y otras no.
A otras personas les provoca otro tipo de emociones, en algunos casos bastante displacenteras. Una de las más comunes es la incomodidad (o la culpa), porque si la desigualdad la enfrentan personas diferentes a uno, pueden actuar como espejo, y el reflejo devolvernos la imagen de una persona beneficiada por una injusticia (¿privilegiada?). A veces la incomodidad es tan pesada que es más cómodo ignorarla, subestimarla o minimizarla.
Otra de las clásicas reacciones es la tristeza, la impotencia o la frustración, porque la desigualdad, a veces, duele, y cuando sentimos que no podemos hacer nada, entonces no hacemos nada. Esto es especialmente verdad cuando pensamos en una solución individual, porque de manera aislada, difícilmente podamos cambiar algo. Ahora bien, en grupo ya es otra la cosa… Otras personas suelen enojarse. Todas las emociones son válidas y tienen sus propósitos. De hecho, el enojo activa un mecanismo de defensa natural para poner límites y protegernos frente a una amenaza o una injusticia. El enojo te activa y bien canalizado, puede movilizar, es decir, es hasta necesario.
Enojo, incomodidad, tristeza, impotencia, frustración. No parecen ser emociones en las cuales quisiéramos permanecer demasiado tiempo, ¿no? La indiferencia se presenta como un camino más deseable, casi sanador de emociones displacenteras. Solo que cualquier forma de ignorancia sobre las desigualdades, no logrará erradicarlas… ¿a menos que, en el fondo de nuestra consciencia, en realidad no queramos erradicarlas? Al fin y al cabo, nos encontramos del lado beneficiado de la misma. François Dubet, un sociólogo francés, va un poco más allá, y sostiene que, en realidad, preferimos la desigualdad. Sus razones son ásperas para digerir. ¿Te resuena alguna?
- Creemos que el que triunfa es porque se lo merece (ergo, quien no, también)
- Pensamos que sin desigualdad no habría incentivos para esforzarse.
- Confiamos en que el sistema reparte bien las recompensas.
- Tememos que la igualdad nos vuelva a todos idénticos (y aburridos).
- Y, simplemente, subestimamos cuán grande es realmente la brecha.
Podemos debatir sobre cada punto, lo cierto es que suele ser tentador recostarse en ellos para explicar al menos la desigualdad, y entonces, no conmovernos por ella. No pretendo cambiar las desigualdades de manera individual, ni mucho menos convencerte de lo que debes sentir ante una injusticia. Porque yo, que me sé del lado beneficiado de la balanza, he probado hacer mi parte sin esperar cambiar el mundo solo. Y el resultado no fue ni incomodidad ni impotencia, todo lo contrario: al conectar con otras personas que también se movilizan por la inclusión, descubrí una felicidad más auténtica y solidaria.
No te digo esto para darte una lección de moral. Te lo digo porque, aunque me enoje y me frustre, sé que no puedo solo. Y te lo digo porque tú, lector, eres parte fundamental de una ecuación que, por lo pronto, sigue acrecentando desigualdades.
Así que vuelvo a la pregunta del principio: Cuando la desigualdad no te toca a ti, sino a otros… ¿qué sientes?
Por Marcelo Baudino
Experto en Diversidad, Equidad e Inclusión
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